¿Alguna vez nos hemos planteado la posibilidad de que la enfermedad puede ayudarnos a conocernos mejor? En estos momentos no nos resulta sorprendente hablar de enfermedades psicosomáticas así es como llaman a algunas de ellas pero no son todas. Parece que algunos de los síntomas son claramente psicosomáticos en cambio otros no. Yo no entiendo muy bien donde podríamos poner la línea divisoria, o en cualquier caso que hace que unos síntomas lo sean y otros no.

Yo creo que la enfermedad o más bien el síntoma es una proyección de nuestra conciencia y es precisamente la conciencia la que resulta estar enferma y lo que hace el síntoma es avisarnos que algo no va bien. Por eso entiendo que ante cualquier aviso, la conciencia siempre va a estar comprometida.

Nuestra conciencia está en movimiento permanente: generando asuntos que, o bien se completan, o bien quedan incompletos porque en ese momento de nuestra existencia aparece un punto ciego, algo que no podemos hacer obvio a pesar de que está ahí, delante de nuestra nariz. Es ahí donde puede o no aparecer el síntoma físico, la llamada de atención. No tiene una causalidad inmediata, a veces pasa mucho tiempo hasta que el cuerpo nos dice que ya está bien y que hagamos algo para resolver lo que nos está sucediendo. Y ¿qué hacemos nosotros….? Atacar el síntoma y ponernos en contra de esa parte de nuestro cuerpo que nos pide auxilio. Cuantas veces habremos oído decir que tal órgano o tal otro nos da «guerra». Así que puesto que en la guerra hay enemigos, pues nada, a combatirlo con fuerza y sin miramientos. Además encontramos en el médico a nuestro aliado perfecto: él se encargará con nuestro consentimiento de poner a raya a nuestros quejosos órganos.

Uno de los males de nuestra sociedad es la omnipotencia del ser humano y creo que cada vez se hace mayor y más evidente. El hombre ha ido consiguiendo logros importantes y eso refuerza su idea de ser omnipotente sobre la tierra y sobre las demás especies. Señalo este apunte porque creo que es nuestra obligación acercarnos al dolor, a la enfermedad de otra manera. Ningún método puede ser mejor que el otro, creo que desde ahí estaríamos reforzando la idea de quedarnos en una sola orilla del río y el río tiene dos. Cuando aparece el síntoma es que ya hay algo serio en nuestro organismo y hay que tra-tarlo con los recursos que propone la medicina (tradicional, alternativa, etc.) pero también es necesario darle un espacio a la conciencia y permitir que ésta se exprese a través de lo que no anda bien, de lo que está dañado. Es importante escuchar lo que tiene que decirnos. Y la verdad es que siempre tiene mucho que decirnos.

La doctora Adriana Schnake en uno de sus libros «Los diálogos del cuerpo» dice….»El modo de enfrentarnos a la situación requiere varias cosas:

  • Una actitud sana y en absoluto competitiva con la medicina. No hay por qué dudar del diagnóstico. Podemos tener la certeza de que es una parte de todo lo que le ocurre a una persona, pero una parte indiscutible, que está amenazando toda la integridad de ese ser humano.
  • Es necesario tener una visión general de la enfermedad, y la capacidad suficiente para hacer una descripción analógica, lo suficientemente amplia como para permitir que la persona vaya conectando algunos aspectos ocultos u ostensibles de su personalidad, con el cuadro que padece.
  • Es importante tener una noción general, y en lo posible vivenciada, de las características y funciones del órgano o los órganos afectados.
  • Es importante darse cuenta de que se está ayudando a la persona a hacer una exploración sobre ella misma. No hay lugar para juicios previos, no se puede querer demostrar nada a la persona. Es dicha persona quién hará sus propios descubrimientos.

Begoña Martínez Izeta