A lo largo de toda mi vida, la figura de mi padre siempre ha estado muy presente, no solo por lo genéticamente obvio; sino, en como se ha ido configurando mi carácter basándose en la relación que he tenido o tengo con él.

La necesidad de padre está presente en todos los hombres y esto de una forma o de otra nos marca desde el nacimiento; los hombres por el papel que nos ha tocado jugar en la sociedad y en nuestra cultura, nos vemos sometidos a unas exigencias familiares y profesionales, que hacen temblar la ya vulnerable emocionalidad que padecemos. Pocas veces los hombres hablamos sobe nuestra intimidad e identidad incluso frente a otros hombres; vergüenza y miedos engordados por fatuos ideales masculinos que culturalmente hemos padecido, nos repliegan sobre nosotros mismos, que en el peor de los casos nos provocan una desconexión emocional y una confusión sobre lo que verdaderamente sentimos y necesitamos.

Frente a la mujer, nos aparece nuestra inocencia en el terreno de lo sentimental, nuestro repertorio emocional está en franca desventaja respecto a ellas; las mujeres siempre han estado más cerca de lo emocional y lo sentimental, siempre se han manejado con más soltura en ese terreno, les ha estado más “permitido” social y culturalmente.

Desde nuestra infancia buscamos un modelo masculino en el que basarnos para construir nuestra identidad, es en ese momento cuando el niño empieza a buscar al “padre”, las diferencias respecto a los juegos y las reglas se van acentuando en función del sexo; en el niño empiezan a destacar los juegos de poder y de fuerza y se le empiezan a reprimir las demandas de ser cuidado y protegido. Se da paso a una fase muy importante para el psicoanálisis como es la resolución del complejo de Edipo, en breves palabras, el “amor edípico” que se siente por el progenitor del sexo opuesto se va diluyendo, y nos vamos acercando en nuestro caso al padre.

¿Qué pasa cuando no está el padre?. Cuando no está el padre como modelo en el que confiar y apoyarse; el niño siente la necesidad de separarse de la madre y de buscar al padre, pero cuando este no está, o no representa un buen modelo para el niño, este se encuentra ante una situación muy vulnerable tiende a separarse de la madre pero no tiene un referente masculino sobre el que apoyarse. En este caso nos encontramos ante una mala identificación con el padre, esta relación inconclusa provocará un sentimiento de pérdida oculto que nos acompaña a lo largo de nuestra vida, pudiendo reaparecer cuando nosotros mismos nos convertimos en padres.

Cuando tenemos un padre interno herido dentro de nosotros, son los hijos quienes nos acercan a tomar contacto con él; se puede dar el caso de que esto destape sentimientos de incapacidad y vulnerabilidad; o puede ocurrir algo más saludable, ser el detonante para conectar más con nosotros logrando una relación más sana con nosotros mismos y con nuestro propio padre.

La relación con nuestros hijos está inevitablemente marcada de una u otra forma, por como fue la relación con nuestros padres; a veces por pura identificación, repetimos el comportamiento que tuvo con nosotros, en nuestros propios hijos; otras veces, por compensación queremos dar a nuestros hijos todo lo que nos negaron los nuestros; esto último puede colocarnos en una posición de rabia hacia nuestro padre por lo que sentimos que nos fue negado, por lo que nos faltó. De cualquier manera siempre estamos ante un trasvase transgeneracinal de deseos y necesidades.

A medida que vamos creciendo, algunos tratan de reparar la sensación de pérdida con otros padres (jefes, tutores, profesores,…), en un intento de buscar la seguridad y la confianza que nos faltó en su momento; de ahí surge la necesidad de sentirnos “buenos hijos”. “..… lo que impacta es el alto porcentaje de hombres que sienten el hambre de padre……” (Z. Rubin 1982)

Cuando conectamos con nuestro niño herido, entramos en una fase regresiva, en la que nos vemos obligados a identificarnos con la figura paterna y a irnos alejando de la madre, tenemos que manifestar nuestra independencia frente a ella; esta fase de ruptura más o menos traumática, en la que el centro emocional y nutriente era la figura materna, es la calificada por los psicoanalistas de “depresión infantil”.

Los hombres no hemos aprendido a cuidarnos ni a nutrirnos con otros hombres, la dependencia de la mujer empezando por la madre es enorme; hemos aprendido a callar nuestras necesidades, pero inevitablemente seguimos buscando alguna mujer que nos cuide: buscando a la madre, a través de nuestra pareja, o a través de una conducta sexual profusa; nos está costando aprender a cuidarnos solos y ese es nuestro mayor trauma. El mostrar nuestra necesidad es enfrentarnos a nuestra vulnerabilidad y a nuestra vergüenza; manifestamos nuestra necesidad simbólicamente pero no con mensajes claros; seguimos enganchados a ser niños no sabemos pedir ni recibir, la sensación de abandono está latente, primero fue con la madre y después se manifiesta con la pareja.

Las respuestas respecto al sentimiento de identidad masculina hay que buscarla en la relación con nuestros propios padres, en la mala o inexistente identificación con ellos. En algunos casos la falta de identificación masculina o la mala identificación, conllevan a una negación del crecimiento, a la negación de la maduración como el proceso vital que es; nos aferramos a la idea de querer seguir siendo niños, tenemos miedo de asumir responsabilidades. “Padre e hijo, es una pareja de baile para toda la vida, se separan y se juntan a medida que el baile evoluciona”. (Osherson 1986)

Los hombres que han tenido madres posesivas en exceso, han tenido ya una gran dificultad en su crecimiento, que acentuado por la ausencia del padre pueden llegar a interpretar que lo femenino es limitante y destructivo, y colocarse en una postura de rechazo y temor hacia lo femenino. Cuando esto se da en el padre, lo que se produce es una genitalidad hacia el mundo exterior, pero nos desconecta con nuestro mundo emocional interno. La excesiva posesividad en la relación con el hijo el limitante para el crecimiento per se.

Cuando formamos una pareja y tenemos hijos, nuestros problemas de identificación no desaparecen, cada uno aporta su propia sensación de pérdida a la relación; el compartir y escuchar al otro es el mejor bálsamo para facilitar que la relación sea más saludable. Mostrar nuestras necesidades nos coloca en una posición más receptiva frente al otro; La pareja se puede llegar a transformar en un espacio muy nutriente para ambos.

El proceso de sanación hacia nuestro padre interno pasa por: reconocer a nuestro propio padre (el también lleva su propio padre herido), y por desarrollar nuestra identidad masculina, haciendo que esta sea más rica y saludable. Desarrollar formas de masculinidad que nos ayuden a sentirnos y estar más cerca de nosotros, de nuestro ser emocional; tenemos que identificarnos con nuestra parte más tierna y amorosa sanando la imagen interna del padre, y esto indefectiblemente pasa por un acto de responsabilidad para con nosotros mismos.

Juan Carlos Calvo Moreno