A lo largo de nuestra vida mantenemos relaciones que nos nutren y que nos permiten y facilitan dar lo mejor de nosotros mismos, pero también podemos encontrarnos con otro tipo de relaciones que nos desgastan y que terminan por destrozarnos en el peor de los casos. Desde el maltrato psicológico una persona puede conseguir, perfectamente, hacer añicos a otra.

Estamos acostumbrados a escuchar noticias de maltratos físicos a mujeres, a niños; tenemos estadísticas de crímenes domésticos que, inevitablemente, eran muertes anunciadas mucho antes de que ocurrieran. Pero todo esto es lo que se ve.

Sin embargo, hay otro modo de “matar” mucho más silencioso. Este método sofisticado y perverso es el acoso moral o maltrato psicológico. No lo escuchamos en los medios de comunicación porque no incluye un desenlace fatal, pero no significa que deje de ser igual de terrible y espantoso. Lo que sucede es que se trata de una violencia de puertas para adentro y que ni tan siquiera escuchamos al otro lado de los tabiques. Con el pretexto de la tolerancia, nos volvemos indulgentes ante este tipo de hechos.

Poseemos un basto material literario y cinematográfico, donde podemos encontrar los estragos que produce la tortura psicológica. La mente del espectador y la del lector también tiene claro que se trata de un comportamiento perverso, pero curiosamente, en la vida cotidiana, no nos atrevemos a hablar de perversidad.

Resulta curioso ver como la perversión nos da miedo, pero también nos fascina y nos puede llegar a seducir. En muchas ocasiones hemos podido llegar a envidiar a individuos que se mueven desde ahí, porque nuestra fantasía es que son mucho más poderosos que nosotros y que consiguen todo aquello que se proponen. Esta fuerza y esta sensación de poder, pueden llegan a ser muy atractivos para cualquiera de nosotros, pero ojo… no olvidemos que este potencial emerge de la parte más enferma y neurótica del ser humano, no de su parte sana y evolucionada.

Probablemente no tenemos que ir demasiado lejos para conocer o haber sido testigos de este tipo de comportamientos en el entorno en el que nos movemos, ya sea: familia, trabajo, amigos…;y es muy probable que tampoco nos hayamos atrevido a decir nada por aquello de ser respetuosos con la libertad del otro. En cualquier caso se presta poca atención a la víctima y generalmente argumentamos que es su problema por no saber hacerse respetar.

Cuando nos encontramos ante la víctima de este tipo de dinámica, no nos queda más remedio que comprender el sufrimiento y la incapacidad de defenderse que vive esta persona. No puede denunciar nada porque no hay nada que denunciar a simple vista. No hay moratones, ni labios partidos, ni cuchilladas, no hay nada de eso y podemos caer en el error de pensar que esta persona padece de algún delirio persecutorio.

Desde la práctica psicoterapéutica puede darse cierto temor a hablar de agresor y agredido, y eso a veces puede llevarnos a reforzar el sentimiento de culpabilidad de la víctima y agravar si cabe, su situación.

No se trata de cargarse al agresor, porque es también un enfermo, sino de prestar atención a la persona que está en el lado de la víctima porque cuando llega a terapia generalmente no nos habla de que la están agrediendo; no es consciente de ello porque esta dinámica es muy sutil, y lo que traen es un cuadro sintomático en el que destacan: la baja autoestima, la falta de confianza en uno mismo, depresión, falta de concentración… No son capaces de verlo porque dudan de si mismos, creen que se imaginan cosas o que exageran, creen que describen mal las situaciones.

Begoña Martínez Izeta